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Foro -De todo un poco-
Por Bnbm17327
Hace 1 mes / Respuestas: 1 / Lecturas: 35

Hablemos de nuestras mascotas

Bueno, este post es dedicado a esas mascotas tenemos o hemos tenido alguna vez.

Yo tuve muchas de hecho, pero la mayoría ya han fallecido o fue obsequiada a unos parientes o amigos debido a dificultades.

Pero no niego haber pasado varios momentos con ellas.

Hablemos de nuestras mascotas



Cuando era bebé, teníamos un Cocker Spaniel Inglés llamado Dólar, el cual mi papá quería muchísimo, pero Dólar era bastante gruñón y agresivo, y eso es porque a mi padre le encantan los perros de carácter fuerte.

Sin embargo, mientras yo jugaba afuera (yo era un bebe que apenas podía arrastrarse) mi madre se fue al baño por unos minutos y cuando regresó, Dólar estaba masticando mi cabeza como si fuera un muñeco, lo que provocó el pánico de mi madre e insistencia de que se deshiciera del perro.

Me dijeron que el animal era bastante celoso, especialmente conmigo, y mi mamá discutió mucho con mi papá para deshacerse de él para que yo pudiera estar bien.

Aún tengo la cicatriz de sus dientes al costado de mi cabeza, por encima de la oreja.



También tuvimos un par de gatos, uno de raza Bombay, y otro Azul Ruso.
A los 2 les pusimos Fifí, porque cuando llamabamos a uno, ya venía el otro.

No tengo muchos recuerdos de ellos, ya que era muy pequeño, y siempre se la pasaban fuera de la casa, lo que fue la perdición del Fifí Bombay, que fue atacado por perros hasta que murió.

Y respecto al Fifí Azul Ruso, murió pero no se si de viejo o porque comió algo raro, porque hacía ruidos como si estuviera ahogándose, y tenía los ojos muy abiertos, hasta que en un momento dejó de respirar y sus ojos se dilataron mucho, y recuerdo que yo era tan inocente que le tocaba los ojos y se me hacía muy raro.



Otro que tuvimos era un perro Boxer de color café, llamado Spike, el cual era bastante arisco, ya que no gustaba ser acariciado o que jugaran con él, pero aún así era bastante hiperactivo.

El problema es que tenía una obsesión con comer sapos, y cada vez que comía uno se le hacía espuma en toda la boca.

Lamentablemente en una de esas, al comer otro sapo más, murió envenenado.



Tuvimos luego una perrita, una Boxer albina llamada Sassy, la cual era una cachorrita muy juguetona y alegre.

Tranquilos, no falleció, pero tristemente se la obsequiamos a unos parientes que viven muy lejos, porque el siguiente perro del que hablaré tenía muchos celos de ella, y la atacaba constantemente, por lo que no podíamos tenerla con nosotros.



Dicho perro que perteneció a mi abuela paterna, llamado Terry, era un mestizo callejero que era bastante hiperactivo pero al punto que rozaba lo molesto, era demasiado insistente.

Pero también era malvado, puesto que vivió junto con otros perros que tuvimos, y se enfrentaba a ellos.
Siempre le gustaba pelear y morder a otros, ya sea por celos o por mezquinar la comida o robarla de otros, pero como era viejo y cascarrabias, a excepción de la cachorrita que mencioné antes, los demás machos siempre tenían la ventaja y ganaban las peleas, y era un regadero de sangre, a lo que teníamos que separarlos.
La mayoría de mis perros eran amables, excepto Dólar y Terry.

Le tenía odio a los fuegos artificiales.
En las fiestas, siempre salía para destruirlos cuando la gente quería utilizarlos.
Y mas de una vez se quemó o lastimó la boca, pero aún así no quería detenerse, tenía una locura por destruir todos los fuegos artificiales del mundo.

Un día, mis padres lo ataron con una soga y collar para que no peleara más, pero aún así le dabamos de comer y tal, aunque limitar su libertad fue lo que empeoró las cosas.
Un día, con su pata intentó sacarse el collar, pero atravesó dicha extremidad por el mismo, y quedó en una posición en la que se asfixiaba.

Intentabamos de quitarle dicho collar, pero Terry era tan nervioso que se ponía violento con todos nosotros, que solo queríamos ayudarlo.

En una de esas, yo todavía era un pequeño de 4 a 6 años, y con tijera en mano, quise hacerme el héroe, y me acerqué a querer cortarle el collar y liberarlo.
Todo marchaba bien, ya estaba a nada de ser libre, pero en los últimos cortes, lo pinché sin querer, y Terry me mordió la cara y casi me arranca el labio.
Por fortuna no quedó cicatriz, pero sí el recuerdo.

Años más tarde, mis padres cometieron el error de darle a comer pescado, y se intoxicó y no podía levantarse y adelgazó extremadamente.
Con sus últimas fuerzas entró al comedor para quizá despedirse de nosotros.
Y cuando pasó unas horas, él falleció.



También tuvimos un pequeño hamster, llamado Rodney.

Jugaba alegremente en su jaula con sus cosas de roedores y tal.

Pero un día, mi madre estaba harta de que el animal tuviera un olor tan desagradable, así que le roció perfume para que oliera bien.
Sin embargo, esto terminó matándolo.

Es una anécdota triste pero a la vez graciosa, ya que mi madre no tenía idea y fue un accidente.



Ya para este punto notarán que los Boxer son mi raza de perros favorita, porque tuvimos uno más.

En éste caso, era un Boxer atigrado llamado Lucas, quien fue una de las mascotas más leales que he tenido y un verdadero compañero.

A pesar de su aspecto que quizá intimidaba a muchos, en realidad era bastante manso y de vez en cuando juguetón, al menos con nosotros que éramos su familia, porque era bastante protector.
Le gustaba correr por todo el terreno y amenazar que iba a chocarnos, para luego desviarse en el ultimo segundo.
Además, siempre escapaba de la casa para seguirme, y aunque atraía a otros perros, siempre me protegía a donde sea que vaya.

Le tenía terror a los truenos, por lo que arañaba la puerta con frenesí e incluso la embestía con su cuerpo a toda carrera, así que lo hacíamos pasar y lo calmabamos, a pesar de ser un perro grande, pero en tiempos así, teníamos que tranquilizarlo.

Lamentablemente nos mudamos de casa, y como no podíamos tenerlo con nosotros, se la obsequiamos a unos vecinos amigos nuestros, pero en poco tiempo él murió de tristeza y depresión.



Con la llegada de mi madrastra, vino incluido no uno, sino 5 Chihuahuas.
Sus nombres eran Ramón, Catalina, Antonio, Ofelia y Simón. O sea, ya que son de origen mexicano, les pusimos nombres de esa clase.

Criarlos desde pequeños era un calvario, ya que son hiperactivos y absolutamente nerviosos, pero conforme pasan los años se hacen más mansos.

El mayor: Ramón, era bastante tranquilo pero muy amable, todas las mañanas subía a mi cama a lamerme el rostro para despertarme, y de vez en cuando se acostaba junto a mí.
Una vez se fracturó la cola, porque saltaba mucho constantemente, y cada vez que lo hacía, mantenía la cola de forma perpendicular al piso, y en uno de esos saltos, aterrizó mal y se rompió la cola.

Lamentablemente un día corría alegremente como siempre, y de la nada, tropezó y se revolcó estrepitosamente, falleció instantaneamente, como si le hubieran disparado una bala invisible.
Dijeron que tenía pancreatitis, pero eso se supone que genera un dolor abdominal y es progresivo, pero lo que yo vi fue un infarto.

Afortunadamente, los demás siguen vivos, pero ya no viven conmigo sino con la familia de mi madrastra muy lejos.

Catalina, la segunda, es la mas viejita, miedosa y precavida, y tiene complejo napoleónico, sin embargo, se emociona bastante cada vez que voy de visita, tanto que empieza a tener convulsiones, por lo que tenemos que calmarla y cuidarla mucho.

Antonio se siente como la reencarnación de Ramón, ya que es idéntico a él en casi todos los aspectos, y eso es algo bastante bonito.

Ofelia, es la mas normal, no hay mucho que decir de ella, solo que es muy dulce y tranquila.

Y Simón es el menor, aunque es el chihuahua más robusto que he visto en toda mi vida, pareciera una cruza entre Chihuahua y Pitbull.
Eso sí, tenía problemas para comer y respirar de cachorro, por lo que le tuvieron que meter una sonda en la nariz por un tiempo, así que ahora tiene solo la mitad de su nariz y gran parte de su mandíbula expuesta, pero con el tiempo se le normalizó y ahora se ve mejor.



Tiempo después adoptamos una perrita mestiza llamada Windy.

Ya era bastante viejita cuando la tuvimos, pero era bastante dulce: jugaba con los insectos, persiguiendolos por todos lados, se acostaba y levantaba la barriga para que la acaricien, y siempre estaba junto a nosotros.

Era bastante inteligente, pues sujetaba la comida con sus patitas y comía, además de que se limpiaba la nariz con su pata y luego se lamía como si fuera un gato.
Además tenía una tremenda habilidad para socializar: cualquier perro que se acercaba a ella, inmediatamente se ganaba su amistad, y ella se convertía en la líder de la jauría.
Nunca dejaban que intenten aparearse con ella, pero siempre se negaba de forma respetuosa, sin ponerse agresiva jamás.

Lamentablemente falleció hace poco, pero de buena vejez, así que vivió muy bien y la cuidamos lo mejor que pudimos.



Y bueno, eso es todo.

Pueden comentar sus anécdotas con sus animalitos si gustan.

Salu2 
EDITADO EL 13-06-2024 / 15:48 (EDITADO 7 VECES)
2 VOTOS
KJKo2673Hace 1 mes1
Yo anécdotas con mascotas he tenido más bien pocas. Nunca he tenido perro o gato, así que tampoco tengo grandes experiencias con ellos más que con la perra de mi abuela a la que sí que cuidamos hace años. A lo largo de mi vida, más de pequeño, sí que he tenido, canarios, periquitos, hámsteres y una pecera.

Como anécdotas que tengo con la perra de mi abuela, algo que sí que recuerdo como si fuera ayer fue un verano que me quedé en casa durante la fiesta de San Juan cuidando de ella, ya que mi abuela estaba de viaje. Recuerdo el miedo que tenía y que estuve todo el rato abrazándola mientras temblaba y gemía. Era imposible separarse de ella, porque se te tiraba encima como si le fuera la vida en ello.

Otra anécdota que tengo es con los hámsteres. Teníamos una pareja que llegado un momento descubrieron una forma de salir de su jaula estando todo cerrado. Creíamos que se subían escalando y salían de alguna forma por un hueco que había algo mayor en la zona donde estaba la puerta de su jaula, el tema es que estaba en la parte de arriba. Nunca descubrimos como lo hacían, pero cada cierto tiempo descubríamos que no estaban y nos poníamos a buscarlos por todo el comedor hasta encontrarlos entre los muebles o bajo el sofá.

Respecto a los peces la anécdota que más recuerdo es de hace muchos años, cuando mis padres compraron un dispensador de comida automático para darles de comer a los peces en verano y poder irte tranquilamente de vacaciones. 

Aquello no salió bien. Cuando volvimos, después de una semana, la pecera parecía salida de un infierno, toda el agua estaba corrupta, de un tono marrón, no había nada de comida en el dispensador, pero tampoco había ni un solo pez excepto uno: el único pez limpiacristales que teníamos. Aquel era un monstruo que tenía ya bastantes años y se había vuelto enorme. Creímos que el aparato soltó toda la comida los primeros días, si no el primero y que después de aquel día reinó la ley de la selva hasta que solo quedó aquel limpia cristales. 

Desgraciadamente, mi padre tiró aquel pez al retrete, supongo que ante la duda por lo que había pasado quería asegurarse de que no volviera a pasar. No me enteré hasta después de hacerlo y la verdad que no me dejó muy buen estómago por el pobre pez.
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